El científico británico James Lovelock se hizo mundialmente famoso por idear lo que se conoció como la hipótesis Gaya. Resumiendo, Lovelock afirmaba que la Tierra es un cuerpo que funciona como un todo orgánico que al igual que los organismos vivos, sufre enfermedades. Y una de las enfermedades más graves que desde hace tiempo le acecha es el hombre. Sostiene Lovelock que llegará el momento en que la Tierra, como si de un ser vivo se tratara, acabará con el hombre para así poder sobrevivir.
De la misma forma que acudimos al médico para que nos prevenga de la gripe, así como no se nos ocurre andar en camiseta y pantalón cortos en medio de la nieve, los vehículos tienen una resistencia determinada y ante ello debemos tomar precauciones. Son en cierto modo, como un organismo vivo. En mis rutas por África me he encontrado con interminables tramos con suelos que presentaban dos palmos de un fino polvo que parecía talco. Es una experiencia dramática tener que afrontarlos circulando en primera durante muco rato a fondo, si uno paraba allí se quedaba, a 50º de temperatura ambiente y sin casi dar entrada de aire para que se refrigere el motor. Esa experiencia no la supera cualquier todoterreno si antes no ha vivido un serio proceso de preparación.
Pongamos un caso más cercano: un 4x4 se queda sin batería al paso en una zona montañosa y angosta donde nadie le podrá remolcar. El conductor tiene un serio problema. Los todoterrenos tienen vida propia y no hay que ser un experto para averiguarlo. Es fundamental escucharlos, oír el sonido de sus armónicos, intuir los sobresaltos, fijar los ruidos extraños, localizar ese amortiguador que ha perdido aceite. Ir al desierto y tomar parte en una carrera es una aventura apasionante, pero muy seria. No puede uno presentarse con un parachoques monumental. Parecería una buena idea con el fin de luchar contra lo imprevisto… a menos que el propio peso del parachoques dificulte la marcha. Y eso es lo que sucede. He visto muchos accesorios inútiles en todoterrenos de competición, vehículos que costaban lo que el resto de participantes juntos. Pero a los que sólo les faltaba un lacito rosa. Hay que ser práctico y no espectacular. Ese conductor reventó el 4x4 porque no hizo caso de una lucecita que se le encendió.
El 4x4 respira, palpa, emite olores y ruidos. Cuando nos sentamos al volante formamos parte de él. De la percepción que tengamos de él dependerá su durabilidad. Fíjense bien: cuando a un coche se le cambia el motor le sucede como nos ocurre a los humanos con los trasplantes; ya no es lo mismo. Nunca será lo mismo. Tal vez el mecánico habrá colocado un manguito que discurre por una fuente de calor. Ese manguito se quemará y el resultado será que nos fallará el motor recién ‘trasplantado’. Antaño, cada firma comercial tenía sus propias bombas de agua. Ahora, no. Las fabrican terceros y las comercializan como si fueran clones. Antes, los vehículos sobrevivían más tiempo que ahora… en buena medida porque la carestía de la vida forzaba a ello. El incomparable bienestar en el que vivimos en esta sociedad del klínex provoca que lo rechacemos todo al mínimo fallo o cuando detectamos su envejecimiento. Eso nos pervierte. Hace que no valoremos la prevención, que veamos al coche sin esos sentidos que siempre nos susurran, que nos emiten olores, que nos alertan.
En definitiva, ya que de un ser vivo se trata, cualquier intervención sobre nuestro 4x4 debería ser hecha con cariño, cordura e imperando la lógica; las cosas se tienen que hacer lo mejor posible y lo bueno si breve dos veces bueno. Hay que valorar mas la Tierra y todo lo que forma parte de ella.